La democracia no es un editorialpatrones neoliberales en los medios de comunicación

  1. Francisco Javier Herrero Gutiérrez coord.
  2. Samuel Toledano Buendía coord.
  3. Alberto Isaac Ardèvol Abreu coord.

Publisher: Sociedad Latina de Comunicación Social

ISBN: 978-84-15698-74-6

Year of publication: 2014

Type: Book

Export: RIS
DOI: 10.4185/cac70 DIALNET GOOGLE SCHOLAR lock_openOpen access editor

Abstract

La actual crisis económica ha cruzado todas las fronteras imaginables. El deterioro provocado por una avaricia global de los principales actores financieros se ha trasladado al común de los ciudadanos, arriesgando su propia supervivencia mientras los responsables de la crisis reciben fondos públicos sin un retorno a la vista. Gobiernos e instituciones públicas, portadores temporales de la soberanía popular, han subcontratado a intereses privados la gestión de lo común, en una clara voluntad por privatizar derechos como la educación, la sanidad y la información. Esta moderna visión de la democracia, sin embargo, se supera a sí misma con el protagonismo de los mismos actores financieros en el diseño de las políticas públicas, dejando para los representantes de la ciudadanía la implementación de las mismas. La sociedad, aspirante todavía a ser compuesta por ciudadanos y no consumidores ni súbditos, se encuentra en la disyuntiva de difuminarse aún más con la esperanza de que no le toque la lotería inversa de los recortes o levantarse abiertamente en una revolución que, por el momento, no ha terminado de exteriorizarse en las calles. Y en el epicentro de este desigual ejercicio de poder, los grandes medios de comunicación han optado abiertamente por profundizar en su adjetivo corporativo, preocupados por contentar al listado de viejos anunciantes, hoy ya convertidos en propietarios con todo el derecho. Los ciudadanos, atónitos ante el retorno sutil de los viejos ejercicios de manipulación informativa, observan cómo el antaño cuarto poder editorializa sin descaro una visión de la democracia que, en un evidente guiño al Gran Hermano de Orwell, limita el demos a una simbólica y puntual elección de los gestores del verdadero kratos. No caen en la cuenta de que la democracia no es un editorial, no se puede quedar restringida al simpático y gratuito ejercicio de un editorial.